
Jean-Baptiste Grenouille, protagonista de la famosa novela "El Perfume" de Patrick Suskïnd nació para morir bajo el puesto de pescado de su madre en Paris a mediados del siglo XVIII. Sí, sobrevivió, pero la muerte le acompañó durante toda su vida.
Llevado desde el mismo momento de su nacimiento a un orfanato, fue creciendo sin educación, amor, cultura... ni siquiera los mínimos conocimientos para relacionarse con sus compañeros y vivir en sociedad.
Pero Jean-Baptiste no era un niño como los demás, tenía un don especial, algo que le convertía en un ser excepcional. Aunque no hablaba ni se relacionaba con sus compañeros, su don - un olfato prodigioso - le hacía mantener con los demás y con su entorno una relación especial y única. Diferenciaba miles, millones de olores, cada pequeña cosa: animal, vegetal, orgánica, inorgánica, estuviera donde estuviese despedía un olor único y diferente: las personas, los árboles, las piedras, el agua, los peces, las algas... por muy escondidos o lejos que se encontraran los objetos, animales o cosas en cuestión Jean-Baptiste guardaba su olor, su fragancia, su esencia y aunque no sabía ponerles nombres a esos olores, a esas sensaciones, las conocía a la perfección y de esa manera forjaba su existencia y vida con el mundo.
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